Mayo 24, 2026 - Pentecoste
Estimados Hermanos y Hermanas,
A menudo se llama a Pentecostés el cumpleaños de la Iglesia, pero es mucho más que la celebración de un comienzo. Es el recordatorio de que la Iglesia no vive por sus propias fuerzas. La Iglesia vive y respira a través del don del Espíritu Santo.
En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos están reunidos, inseguros y escondidos detrás de puertas cerradas. De repente, un viento llena la casa y lenguas como de fuego se posan sobre ellos. Lo que sigue es extraordinario: personas de muchas naciones diferentes escuchan hablar a los discípulos y cada una entiende en su propia lengua. El milagro no se trata simplemente del habla; se trata de la unidad. El Espíritu Santo no elimina las diferencias; Él reúne a las personas a través de ellas.
San Pablo continúa este mensaje en su carta a los Corintios. Nos recuerda que hay muchos dones, pero un solo Espíritu; muchas formas de servicio, pero un solo Señor. No todas las personas son llamadas a la misma misión, pero cada don es valioso. Algunos enseñan, algunos sirven silenciosamente, algunos guían, algunos animan y otros oran fielmente detrás de escena. El Espíritu distribuye los dones no para el reconocimiento personal, sino para la edificación del Cuerpo de Cristo.
En el Evangelio, Jesús se aparece a los discípulos que están escondidos detrás de puertas cerradas. En medio de su miedo les dirige unas palabras sencillas: “La paz esté con ustedes”. Luego sopla sobre ellos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo”. El mismo Espíritu que transformó a discípulos atemorizados en testigos valientes sigue siendo dado a nosotros hoy.
Pentecostés invita a cada uno de nosotros a hacernos una pregunta importante: ¿Qué don ha puesto el Espíritu dentro de mí? A veces suponemos que solo los talentos extraordinarios son importantes. Sin embargo, la Iglesia depende igualmente de la fidelidad cotidiana: una palabra amable, una mano amiga, la disposición para escuchar, una oración silenciosa por alguien que necesita ayuda.
El Espíritu Santo no solo nos consuela; también nos envía. Los discípulos no permanecieron en el aposento alto después de Pentecostés. Salieron al mundo con valentía y alegría. Mientras celebramos esta fiesta, pidamos corazones abiertos a la guía del Espíritu y el valor para usar nuestros dones al servicio de Dios y de los demás para construir la Iglesia de hoy. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
¡Que Dios bendiga siempre a todos!
P. Stan














