Abril 5, Domingo de Pascua

Queridos hermanos y hermanas:

En el Domingo de Pascua, la Iglesia proclama con alegría lo que está en el corazón mismo de la fe cristiana: Cristo ha resucitado. El sepulcro vacío no es simplemente un acontecimiento del pasado, sino una realidad viva que lo transforma todo. El Evangelio nos invita a estar con María Magdalena en el sepulcro, a correr con Pedro y el discípulo amado, y a encontrarnos con el misterio de que la muerte ha sido vencida. El Evangelio de Juan (20, 1–9) comienza en la oscuridad. María Magdalena va al sepulcro “cuando todavía estaba oscuro”, un símbolo poderoso de la confusión y el dolor que a menudo nublan nuestras vidas. Ella busca el cuerpo de Jesucristo, pero en cambio encuentra la piedra removida. Su primera reacción no es fe, sino temor: “Se han llevado al Señor del sepulcro.” Esta respuesta humana y sincera nos recuerda que la resurrección no es inmediatamente evidente: debe descubrirse, muchas veces en medio de la incertidumbre.

Pedro y el discípulo amado corren hacia el sepulcro. Su carrera refleja la urgencia del momento: algo extraordinario ha sucedido. El discípulo amado llega primero, pero espera; Pedro entra y ve los lienzos. Luego entra el otro discípulo, “y vio y creyó.” Este momento silencioso es profundo. No hay aquí proclamaciones angélicas ni apariciones dramáticas—solo los signos sutiles de la ausencia. El sepulcro está vacío, pero es precisamente este vacío el que se convierte en el primer signo de esperanza. La fe pascual a menudo comienza de la misma manera. No siempre nace de experiencias extraordinarias, sino de la reflexión sobre signos: momentos de gracia, una paz inesperada, la persistencia silenciosa de la esperanza cuando todo parece perdido. Como los discípulos, somos invitados a “ver y creer”, incluso cuando todavía no comprendemos completamente.

La segunda lectura de la carta a los Colosenses nos exhorta a “buscar los bienes de arriba, donde está Cristo.” La Pascua no trata solo de lo que le sucedió a Jesús—se trata de lo que sucede en nosotros. A través de su resurrección, se nos da una nueva identidad. Ya no estamos definidos por el pecado, el miedo o la muerte, sino por la vida en Cristo. Esto nos llama a reorientar nuestras prioridades: poner el corazón no en lo pasajero, sino en lo eterno. La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles presenta a Pedro proclamando con valentía la resurrección. El mismo hombre que antes negó a Jesús ahora se presenta como testigo. Esta transformación es en sí misma una evidencia del poder de la resurrección. La Pascua no solo cambia circunstancias—cambia personas. Los discípulos temerosos se convierten en apóstoles valientes; la desesperación da paso a la misión.

El Domingo de Pascua, entonces, no es solo una celebración—es un envío. Somos enviados como testigos de la resurrección en nuestras propias vidas. En un mundo a menudo marcado por la oscuridad—violencia, división e incertidumbre—el cristiano está llamado a ser signo de esperanza. Cada acto de perdón, cada gesto de amor, cada defensa de la verdad se convierte en una proclamación: Cristo vive. El sepulcro vacío no es el final de la historia; es el comienzo. Nos dice que ninguna piedra es demasiado pesada para ser removida, ninguna noche demasiado oscura para ser vencida por el amanecer. La resurrección nos asegura que el amor de Dios es más fuerte que la muerte, y que la vida—la vida verdadera y eterna—tiene la última palabra. Al celebrar esta Pascua, somos invitados a pasar de la oscuridad a la luz, de la duda a la fe, del miedo a la misión. Como María Magdalena, Pedro y el discípulo amado, nos acercamos al misterio cada uno a nuestra manera. Pero todos estamos llamados a la misma verdad: el Señor ha resucitado, y nada volverá a ser igual. Jesucristo ha resuscitated! En verdad resucito!!!

Dios Los bendiga siempre!!!

P. Stan