Abril 19, Tercer Domingo de Pascua
Queridos hermanos y hermanas:
El Tercer Domingo de Pascua nos presenta uno de los relatos de la resurrección más queridos de toda la Escritura: el camino a Emaús (Lucas 24, 13–35). Es una historia no solo sobre dos discípulos que se alejan de Jerusalén, sino sobre todos nosotros que, en ocasiones, nos alejamos de la esperanza. El Evangelio comienza con la desilusión. Los discípulos habían confiado en Jesús; creían que Él era el que iba a redimir a Israel. Sin embargo, la crucifixión destrozó sus expectativas. “Nosotros esperábamos…” es una de las frases más tristes del Nuevo Testamento. Expresa ese momento en que la fe parece eclipsada por el sufrimiento, cuando Dios parece en silencio y el futuro se presenta incierto. Y, sin embargo, es precisamente en ese camino de confusión donde el Cristo resucitado se hace cercano.
Es significativo que los discípulos no lo reconozcan. Sus ojos están como impedidos de verlo. Este detalle revela una verdad espiritual profunda: Jesús está presente incluso cuando no lo percibimos. En momentos de dolor, duda o desilusión, Dios no nos ha abandonado. Más bien, camina a nuestro lado—con paciencia, en silencio y con fidelidad. Jesús comienza no revelándose, sino escuchando. Les pregunta: “¿De qué van conversando?” Les permite expresar su tristeza y confusión. Solo después interpreta las Escrituras, mostrando cómo el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria. Aquí vemos que la Resurrección no puede entenderse sin la Cruz. La gloria no niega el sufrimiento, sino que lo transforma.
Al acercarse a Emaús, los discípulos le suplican: “Quédate con nosotros.” Esta sencilla invitación se convierte en el punto de inflexión. A la mesa, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da. En ese momento, sus ojos se abren: lo reconocen al partir el pan. Este gesto eucarístico revela la presencia permanente de Cristo en la vida de la Iglesia. El mismo Señor que caminó con los discípulos continúa dándose a conocer en la Palabra y en el Sacramento. La Misa se convierte en nuestro Emaús, donde se abren las Escrituras y se parte el pan, donde el corazón arde y los ojos se abren a la fe.
La transformación de los discípulos es inmediata. Pasan de la tristeza a la alegría, de la confusión a la claridad, de la huida a la misión. Aunque ha caído la noche, regresan enseguida a Jerusalén. El encuentro con Cristo resucitado nunca está destinado a guardarse en privado; nos impulsa hacia afuera, de regreso a la comunidad, al testimonio.
Este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestro propio camino. ¿De qué estamos huyendo por desánimo? ¿Dónde han flaqueado nuestras esperanzas? Y quizá lo más importante: ¿reconocemos al Señor que camina a nuestro lado? Cristo nos encuentra donde estamos, no donde creemos que deberíamos estar. Escucha nuestras luchas, ilumina nuestra comprensión y nos alimenta con su presencia. La invitación sigue siendo la misma: “Quédate con nosotros.” Cuando la hacemos, descubrimos que Él ha estado con nosotros todo el tiempo.
En un mundo todavía marcado por la incertidumbre y la división, el mensaje de Emaús es a la vez actual y eterno. La esperanza no es una ilusión; es una Persona. Y esa Persona camina con nosotros, nos habla y nos alimenta—hasta que nuestros ojos se abren y nuestro corazón se enciende. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?” Que ese miso fuego se reavive en nosotros en este tiempo pascual.
Dios los bendiga a todos siempre!!!
P. Stan














