Mayo 3, Quinto Domingo de Pascua
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, las lecturas nos invitan a una comprensión más profunda de lo que significa pertenecer a Dios—no como seguidores distantes, sino como un pueblo en el que Dios habita activamente. Nos hablan de estructura y misión, de identidad y relación, y, en última instancia, de Cristo como el fundamento que mantiene todo unido.
En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles (Hch 6,1–7), encontramos un momento de tensión en la Iglesia primitiva. Surge un problema práctico: las viudas de habla griega están siendo desatendidas en la distribución diaria. En lugar de ignorar el problema o permitir que crezca la división, los apóstoles responden con sabiduría. Designan a siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu y de sabiduría, para garantizar la justicia y el cuidado dentro de la comunidad. Este momento es más que administrativo: revela algo esencial sobre la Iglesia. La misión de anunciar la Palabra y la misión de servir a los más vulnerables no están en competencia; son complementarias. El Cuerpo de Cristo está más sano cuando cada miembro vive su vocación. ¿El resultado? “La palabra de Dios seguía extendiéndose.” Cuando la Iglesia se organiza correctamente, fundada en la caridad y la verdad, se convierte en un testimonio creíble para el mundo.
La segunda lectura de la Primera Carta de Pedro (1 Pe 2,4–9) cambia el enfoque hacia la identidad. San Pedro describe a Cristo como la “piedra viva”, rechazada por los hombres pero elegida por Dios. Y nosotros, dice, también somos “piedras vivas”, edificadas como una casa espiritual. Esta es una imagen impactante: la Iglesia no es simplemente una institución o una reunión—es una estructura viva, con Cristo como su piedra angular. Ser una “piedra viva” significa que no somos participantes pasivos. Cada creyente es formado, colocado y llamado a sostener el conjunto. Pedro va más allá, llamando a la Iglesia “linaje elegido, sacerdocio real, nación santa”. Estos no son títulos de privilegio por sí mismos, sino para una misión: “para que proclamen las maravillas de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.” Nuestra identidad es inseparable de nuestro propósito.
El Evangelio según San Juan (Jn 14,1–12) nos introduce en un momento íntimo entre Jesús y sus discípulos. Mientras se prepara para su partida, les ofrece tanto consuelo como desafío: “No se turbe su corazón.” Les habla de prepararles un lugar, asegurándoles que su futuro está seguro en Él. Luego viene una de las declaraciones más profundas de toda la Escritura: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.” Jesús no solo señala el camino—Él es el camino. No solo enseña la verdad—Él la encarna. No solo da vida—Él es su fuente. Cuando Tomás pregunta cómo pueden conocer el camino, Jesús responde no con indicaciones, sino con Él mismo. Y cuando Felipe pide ver al Padre, Jesús revela la profundidad de su relación: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Este es el corazón de la fe cristiana—no solo creer en Dios, sino encontrarse con Dios en Cristo.
Tomadas en conjunto, estas lecturas forman una visión coherente. La Iglesia está edificada sobre Cristo, sostenida por diversos dones, y enviada al mundo con una identidad y misión claras. No somos creyentes aislados, sino piedras vivas en una estructura divina. No somos buscadores errantes, sino un pueblo que conoce el Camino. Sin embargo, esta visión también nos plantea preguntas. ¿Estamos contribuyendo activamente a la vida de la Iglesia, o permanecemos al margen? ¿Vemos nuestros dones como parte de una misión más grande? ¿Confiamos realmente en que Cristo es el camino—aun cuando la ruta no esté clara?
La promesa de este domingo no es que la vida será fácil, sino que estará bien fundamentada. Cristo nos prepara un lugar, no solo en la eternidad, sino incluso ahora—dentro de su Cuerpo, la Iglesia. Y al ocupar nuestro lugar en ella, nos convertimos en lo que estamos llamados a ser: un pueblo que hace visible la presencia de Dios en el mundo. En un tiempo en que muchos se sienten inquietos o inciertos, las palabras de Jesús permanecen firmes: “No se turbe su corazón.” El fundamento es seguro. La morada está preparada. Y el camino hacia adelante no está oculto—es una persona, viva y presente entre nosotros.
¡¡¡Dios los bendiga siempre!!!
P. Stan














